El día era luminoso y cálido, la cancha era un lugar en donde los jugadores de ambos equipos dejaban la vida en el gramado. Era la final del campeonato y se enfrentaban en el partido final dos cuadros que por primera vez alzarían la copa del torneo nacional.
El centrodelantero de uno de los equipos, Alejandro López, había sido la figura del encuentro. Corría el minuto 43 del segundo tiempo y luego de una genial habilitación del lanzador del equipo, Alejandro queda a la entrada del área grande, por el cajón del 9, listo para rematar a portería, sin embargo, al momento de patear el balón, es tacleado lateralmente por uno de los centrales rivales, por lo que el colegiado procede al cobro de la máxima pena.
Era el día de gloria, el día perfecto. El jugador frente al balón, el portero bajo los tres palos, la afición visitante está expectante, la barra local al borde de la tristeza. Alejandro alza su vista al cielo como implorando a Dios que intervenga por su cometido, el árbitro toca su silbato y el delantero baja la cabeza, abre sus ojos, elige el rincón para patear el esférico e inicia su carrera al encuentro del balón.
El irregular piso de tierra de la cancha de la escuela impidió que Alejandro pudiera realizar un adecuado disparo al tropezar antes de patear el balón de cuero sintético, el que golpeó la base izquierda de un pórtico hecho con de maderas chuecas, desatando las risas de sus compañeros de curso. Sonó la campana y Alejandro se puso de pie, totalmente cubierto de tierra, soñando con que algún día pateará el penal que alborotará de gozo a sus hinchas y le dará el título al equipo de sus amores.
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