martes, 22 de junio de 2010

Atardecer

Una estival brisa soplaba suavemente sobre la cara del pequeño Andrés, quien contemplaba la inmensidad de un mar sereno y sobre el cual el sol comenzaba a bañarse. Sus ojos estaban colmados de lágrimas, sabía que su retorno a la capital era inminente y que no volvería a ver esa postal porque su débil cuerpo no resistiría la cruel enfermedad que padecía y que antes que llegue el próximo verano, la sentencia se habrá cumplido. Debía internarse, quien sabe por cuánto tiempo, si es que lograba salir sobre dos pies del sanatorio.

Su padre lo contemplaba desde lejos sufriendo tanto como él por las duras circunstancias que a su corta edad debía padecer y se acercó, sentándose a su lado. Hijo -dijo a Andrés- verás que las cosas mejorarán y volverás a ver esta hermosa puesta de sol. Papá, esto es hermoso, no estoy pensando en que me voy a mejorar, sino que estoy disfrutando y guardando esta puesta de sol en mi cabecita para recordarme que aunque esté sufriendo, por un momento fui muy feliz. Su padre lo abrazó, como queriendo traspasar los sufrimientos de cada uno sin poder lograrlo.

Papá - dijo Andrés - cuando yo no esté y me eches de menos, recuerda esta puesta de sol y sé feliz pensando en que pudimos compartir este atardecer. En ese instante, inexorablemente el sol desapareció del horizonte, su padre comenzó a llorar amargamente por no poder retener por siempre ese momento. El niño se apresta a abandonar el lugar y levantó a su padre de la banca "Papá, es hora de partir".

Aquel hombre abrió sus ojos y contempló el semblante impávido y sin colores de su hijo, antes de cerrar esa tapa que impedirá por siempre que el sol vuelva a iluminar el rostro de su amado hijo.

domingo, 13 de junio de 2010

Deja Vu

Como todos los días, el reloj sonó a las 5:30 AM. Casi como un autómata, Toño Saavedra puso sus pies en la fría baldosa del piso del dormitorio, mientras maldecía a su gato Rodolfo, que a diario se llevaba bajo la cama la pequeña alfombra en donde Toño dejaba sus pantuflas que usaba como una cobija para capear las frías noches de invierno que azotan aquella ciudad. Era una noche oscura, la primera luego de una jornada lluviosa y Toño se imaginó el frío que le esperaba una vez que pasara la puerta y volvió a maldecir.

Extrañó su desayuno, habitualmente desabrido, porque sus hijos se lo comieron al llegar un rato antes de una fiesta que organizó su compadre Javier, padrino de sus niños y sólo se conformó con el calor que una taza de té puede brindar, pensando a modo de consuelo que en la fábrica podría comer algo.

Toño salió algo adelantado a esperar el bus de la empresa que a diario pasa a casi cuatro cuadras de su casa. En su trayecto debía cruzar por la intersección de las calles Centenario y Manuel Pineda Coloma, cuya señalética adolecía de las letras suficientes como para alterar maliciosamente el nombre de la segunda calle. Imaginó la ociosidad de quienes cometieron ese acto y se recordó que el día anterior, al volver de su trabajo, estaban todas las letras y no quiso inquirir más porque sospechó que sus hijos serían los principales culpables de aquella afrenta a la moralidad. Eso lo demoró lo suficiente como para no alcanzar el bus que debía tomar y se sintió imbécil por su distracción, ya que debía esperar la otro bus que pasaba media hora más tarde o, simplemente, irse en taxi, si por alguna casualidad pasaba uno.

La noche era oscura, el suelo estaba húmedo aún y el frío era inclemente. Empezó a caminar dentro de un abismal silencio, salvo que sus pasos se oían desde lejos. Sintió un sonido leve, algo así como que si el viento moviera unas ramas, continuó su camino sin darle importancia a ese ruido y de improviso una piedra pequeña golpeó su zapato y al instante sintió una respiración en su oído y una voz le susurra “¡Así te quería pillar, imbécil!”. Un afilado y punzante cuchillo amenazaba su cuello y una sensación de miedo le invadió, sus piernas temblaron y un olor desagradable penetró su nariz recordándole a cierta persona: Durán.

José Durán era un antiguo trabajador de la empresa, desagradable, envidioso, chupamedia, se creía el jefe cuando el patrón, don Luis, no estaba. Ambos se despreciaban, José odiaba a Toño porque él era el regalón de sus compañeras, Toño odiaba a José porque él era el regalón del jefe. Un día, meses antes de esa noche fría, Toño apostó con sus compañeros que él vería a las chiquillas, sus compañeras, mientras se bañaban, pero no les contó que siempre lo hacía y que hasta ese entonces no lo habían pillado. Se coló en el baño de las mujeres, las vio tal como el Señor las envió a este mundo. Pero Durán supo de su atrevimiento y pensó que era la oportunidad para despachar a Toño de la empresa y su camino y corrió a avisarle a don Luis “¡Lucho, Saavedra se está cuartiándose a las minas en el baño!” El patrón llamó a su esposa, que era su secretaria, a chequear semejante atrocidad.

Estaba en la puerta Marcela, amiga de Toño y a quien su esposa le tenía celos enfermizos, a punto de entrar al baño y que alcanzó a percatarse de lo urdía Durán. Entró prestamente al baño y sabía precisamente donde estaba el habitual espía, lo tomó de un brazo y lo escondió en su casillero bajo llave. La cara de sorpresa y miedo de Toño le bastó para decir lo justo mientras lo arrastraba “que nos dejemos que nos veas no significa que no sepamos que lo haces” le dijo. Encerrado, sus pensamientos le confundían porque no hubo escándalo y nadie gritó y concluyó que efectivamente que sí era el regalón de las niñas.

Entró la esposa de don Luis al baño, miró por todas partes y derechamente preguntó por Saavedra. La respuesta fue que nadie sabía de su paradero, aunque obviamente sabían donde él estaba. Al ver tanta tranquilidad, doña Carolina se retiró molesta por la falsa alarma. Nadie quitaba la risa silenciosa y nerviosa pero aún continuaba encerrado en ese casillero cuando repentinamente se abrió la puerta del casillero pudiendo salir sin riesgo de ser descubierto. Ganó su apuesta pero no la pudo cobrar porque había un soplón en su grupo de amigos.

Durán sufría de dolores en sus piernas cuando hacía frío y todos lo sabían. Mientras él insultaba a Toño, éste le dio una gran patada en su rodilla con la planta de su pie con la suficiente fuerza como para que lo soltara. Corrió con todas sus fuerzas mientras los gritos de dolor de Durán le daban más miedo “¡Se me escapó, se escapó!” De un jardín de una casa salió sorpresivamente Javier Rojas, su amigo, su compadre, el padrino de sus hijos con el corvo del ejército, objeto de orgullo, en su mano derecha y que ganó cuando hizo su servicio militar en Punta Arenas.

Lo atrapó y como pudo Durán se reincorporó y corrió hacia ellos. Toño le preguntó a su amigo el porqué de su acto sin entender lo qué pasaba. Javier le dijo “tu esposa debió haber sido mía, tus hijos debieron ser míos, tú eres el responsable de mi infelicidad”.

Al llegar Durán, le espetó en su cara que la suerte para Toño se acabó. A las siete de la tarde del día anterior, Durán fue despedido culpando de ello a su enemigo. Javier la gritó “Te ascendieron, aun no te lo han dicho, serás mi jefe hoy y eso no so soporto, te jodes al amor de mi vida, me quitaste mi vida. Ahora truncaste mi carrera. Ese puesto jamás debió ser tuyo”. Toño se acordó de la apuesta y antes de hablar, Javier le dice que el lo delató.

Un grito de dolor surgió repentinamente. El corvo se perdió en el abdomen de Toño y al aparecer lo haría con entrañas y sangre mientras Javier comienza a arrastrarlo por el suelo húmedo. Toño fue amarrado al pie de un árbol y rápidamente comenzó a fluir un festín de venganza y odio traducido en golpes, insultos y penetraciones de corvo. En eso pasa la otra micro, con Marcela mirando por el vidrio empañado quizás buscando a su amigo Toño, pero el ya estaba cerca del fin.

Sintió que las fuerzas se le escapaban de su interior, el frío cada vez se hacía más intenso y sólo su vientre y muslos sentían calor producto de la sangre que huía raudamente de su cuerpo. El dolor hacía adormecerlo y pensó en su familia y en su vida que volvió a vivir en dos segundos.

Repentinamente, Toño sintió un ruido fuerte, como una sirena, y sintió que su vientre y muslo estaban enfriándose. Abrió los ojos y vio su velador, marcando las 5:30 AM. Rápidamente se levantó y puso sus pies en la fría baldosa del piso de su dormitorio. Maldijo su gato y pensó en Durán, su enemigo. Vieja - dijo Toño – no iré a trabajar, tengo un mal presentimiento. “¡Eres un flojo rematado! ¿Volviste a soñar que te mataban? ¡Siempre lo mismo! ¡Hace una semana que no vas a trabajar y aun no pasa nada contigo, sigues vivo! ¡Menos mal que no tenemos hijos que alimentar!”. Toño volvió a dormir, seguro que ese día viviría gracias a ese sueño.

jueves, 3 de junio de 2010

El moralista y el vengador

El olor a maderas y carnes abrasadas invadía las calles y las casas - si es que bondosamente se le puede llamar casas a esas pocilgas- de un pueblo sometido, humillado e ignorante. En el centro, se sentía desgarradores gritos de hombres, mujeres y sus hijos que estaban siendo sacrificados en honor de la moral, del bien y para la gloria de Dios.En la parte más alta y lo más cercana a la hoguera posible estaba esa lánguida figura, con manos apuntando al cielo, en señal demostrativa de santidad y superioridad, que gritaba repetitivamente "Pecadores, su destino está escrito: arderán en el infierno con Satán, pero antes, arderán en el fuego sagrado de esta abadía. Confiesen sus pecados!" Su cruz plateada brillaba y relucía con las llamas, mientras el pueblo temía estar sufriendo el castigo que Estuardo y su familia completa, estaba sufriendo.Un mendigo hablaba con parte de la multitud, con los que más escépticos y candidatos a morir quemados, contando que el Abad sorprendió comiendo pan robado a la familia. Ese pan estaba bendito y destinado para el consumo del monasterio para que los monjes se mantuvieran concentrados en el pensamiento del Señor, aunque el pueblo no tuviera qué comer Estuardo estaba acusado de profanar el santo lugar, poniendo su pecaminoso pie en lugar sagrado y comiendo pan sagrado con su familia. Pero ese hombre contó que Estuardo recibió de un hombre esos trozos de pan y que gentilmente recibió. La hambruna arreciaba, los animales morían y sus hijos clamaban por alimento pero esto era parte de una treta clerical. Mientras comían, el Abad ingresó a la casa de Estuardo, con su guardia y apresó a todos los comensales.Estos hombres estaba abatidos, Estuardo era uno más de ellos y sentían la necesidad de huir de ese lugar porque, uno a uno, junto con sus familias, caerían en las artimañas del Abad. Ariel, uno de los escépticos más jóvenes, contó que el Abad tenía gran un secreto y que él estaba por descubrirlo y sigilosamente huyó.El Abad mantenía el orden, en sus prédicas enseñaba que el pecado debía ser erradicado, pero sin penitencia sobre el pecador, el pecado jamás desaparecería, sino Dios mismo les trataría tal como lo hizo con Sodoma y Gomorra. Las viejas del pueblo temían a las amenazas del Abad, todos sentían un temor divino hacia ese pequeño y delgado ser. Nadie que quisiera vivir lo cuestionaba u osaba dudar de su palabra. Pero Estuardo lo hacía, dudaba ante sus amigos, eso debía ser extirpado y finalmente, le costó su vida y la de sus seres amados.Mientras los gritos y lamentos cesaban uno a uno el Abad, precedido por una gran cruz, enfiló por la calle principal hacia la abadía. En ella, entró a su pieza y llamó a Pedro, un monje que era su sirviente y amante y que diariamente esperaba atender al Abad. Al entrar, ahí estaba la figura de Pedro cubierta por un hábito de monje, el Abad le saluda, "Pedro, mi querido Pedro, he llegado a la casa, acaríciame", pero esta vez Pedro no respondió como siempre y el abad vuelve a llamarle "Pedro, respóndeme". La extraña figura voltea, deja caer la capa y la cara del Abad se desfigura, no alcanza a pronunciar el nombre de Ariel, quien cubre su boca con facilidad. "Maldito cura, hoy quemaste a 20 inocentes y ya llevabas 97 hasta ayer. Hoy te toca a ti sufrir". El Abad en su desesperación trata de zafarse, pero no le es posible, ve de reojo que Pedro, su amado, que pendía degollado dentro de un armario. Pensó que Dios le enviaría un ángel para librarlo, pero nadie acudía en su ayuda, aún confiaba en eso mientras una afilada daga llena de la sangre de su amado punzaba su cuello sin herirlo y, de su salvador, ese a quien tanto defendió y que tantas vidas sacrificó, ni luces. Mientras su eventual verdugo transmitía su furia por sus ojos, el Abad pensó en sus muertos y que los sacrificó por alguien que jamás acudiría en su rescate. "Tú no morirás hoy, pero vivirás con el dolor de no volver a ver a Pedro, tu sirviente, sentirás la muerte estando vivo", le dijo Ariel, que lo soltó y rápidamente huyó por la ventana sin ser visto. El dolor invadió al Abad, el remordimiento lo cegaba, tal fue su desesperación, su desazón y desconcierto que se subió sobre su cruz, la apoyo contra el pecho, se dejó caer sobre ella y el silencio invadió su mente y la alcoba que compartía.