martes, 22 de junio de 2010

Atardecer

Una estival brisa soplaba suavemente sobre la cara del pequeño Andrés, quien contemplaba la inmensidad de un mar sereno y sobre el cual el sol comenzaba a bañarse. Sus ojos estaban colmados de lágrimas, sabía que su retorno a la capital era inminente y que no volvería a ver esa postal porque su débil cuerpo no resistiría la cruel enfermedad que padecía y que antes que llegue el próximo verano, la sentencia se habrá cumplido. Debía internarse, quien sabe por cuánto tiempo, si es que lograba salir sobre dos pies del sanatorio.

Su padre lo contemplaba desde lejos sufriendo tanto como él por las duras circunstancias que a su corta edad debía padecer y se acercó, sentándose a su lado. Hijo -dijo a Andrés- verás que las cosas mejorarán y volverás a ver esta hermosa puesta de sol. Papá, esto es hermoso, no estoy pensando en que me voy a mejorar, sino que estoy disfrutando y guardando esta puesta de sol en mi cabecita para recordarme que aunque esté sufriendo, por un momento fui muy feliz. Su padre lo abrazó, como queriendo traspasar los sufrimientos de cada uno sin poder lograrlo.

Papá - dijo Andrés - cuando yo no esté y me eches de menos, recuerda esta puesta de sol y sé feliz pensando en que pudimos compartir este atardecer. En ese instante, inexorablemente el sol desapareció del horizonte, su padre comenzó a llorar amargamente por no poder retener por siempre ese momento. El niño se apresta a abandonar el lugar y levantó a su padre de la banca "Papá, es hora de partir".

Aquel hombre abrió sus ojos y contempló el semblante impávido y sin colores de su hijo, antes de cerrar esa tapa que impedirá por siempre que el sol vuelva a iluminar el rostro de su amado hijo.

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