jueves, 3 de junio de 2010

El moralista y el vengador

El olor a maderas y carnes abrasadas invadía las calles y las casas - si es que bondosamente se le puede llamar casas a esas pocilgas- de un pueblo sometido, humillado e ignorante. En el centro, se sentía desgarradores gritos de hombres, mujeres y sus hijos que estaban siendo sacrificados en honor de la moral, del bien y para la gloria de Dios.En la parte más alta y lo más cercana a la hoguera posible estaba esa lánguida figura, con manos apuntando al cielo, en señal demostrativa de santidad y superioridad, que gritaba repetitivamente "Pecadores, su destino está escrito: arderán en el infierno con Satán, pero antes, arderán en el fuego sagrado de esta abadía. Confiesen sus pecados!" Su cruz plateada brillaba y relucía con las llamas, mientras el pueblo temía estar sufriendo el castigo que Estuardo y su familia completa, estaba sufriendo.Un mendigo hablaba con parte de la multitud, con los que más escépticos y candidatos a morir quemados, contando que el Abad sorprendió comiendo pan robado a la familia. Ese pan estaba bendito y destinado para el consumo del monasterio para que los monjes se mantuvieran concentrados en el pensamiento del Señor, aunque el pueblo no tuviera qué comer Estuardo estaba acusado de profanar el santo lugar, poniendo su pecaminoso pie en lugar sagrado y comiendo pan sagrado con su familia. Pero ese hombre contó que Estuardo recibió de un hombre esos trozos de pan y que gentilmente recibió. La hambruna arreciaba, los animales morían y sus hijos clamaban por alimento pero esto era parte de una treta clerical. Mientras comían, el Abad ingresó a la casa de Estuardo, con su guardia y apresó a todos los comensales.Estos hombres estaba abatidos, Estuardo era uno más de ellos y sentían la necesidad de huir de ese lugar porque, uno a uno, junto con sus familias, caerían en las artimañas del Abad. Ariel, uno de los escépticos más jóvenes, contó que el Abad tenía gran un secreto y que él estaba por descubrirlo y sigilosamente huyó.El Abad mantenía el orden, en sus prédicas enseñaba que el pecado debía ser erradicado, pero sin penitencia sobre el pecador, el pecado jamás desaparecería, sino Dios mismo les trataría tal como lo hizo con Sodoma y Gomorra. Las viejas del pueblo temían a las amenazas del Abad, todos sentían un temor divino hacia ese pequeño y delgado ser. Nadie que quisiera vivir lo cuestionaba u osaba dudar de su palabra. Pero Estuardo lo hacía, dudaba ante sus amigos, eso debía ser extirpado y finalmente, le costó su vida y la de sus seres amados.Mientras los gritos y lamentos cesaban uno a uno el Abad, precedido por una gran cruz, enfiló por la calle principal hacia la abadía. En ella, entró a su pieza y llamó a Pedro, un monje que era su sirviente y amante y que diariamente esperaba atender al Abad. Al entrar, ahí estaba la figura de Pedro cubierta por un hábito de monje, el Abad le saluda, "Pedro, mi querido Pedro, he llegado a la casa, acaríciame", pero esta vez Pedro no respondió como siempre y el abad vuelve a llamarle "Pedro, respóndeme". La extraña figura voltea, deja caer la capa y la cara del Abad se desfigura, no alcanza a pronunciar el nombre de Ariel, quien cubre su boca con facilidad. "Maldito cura, hoy quemaste a 20 inocentes y ya llevabas 97 hasta ayer. Hoy te toca a ti sufrir". El Abad en su desesperación trata de zafarse, pero no le es posible, ve de reojo que Pedro, su amado, que pendía degollado dentro de un armario. Pensó que Dios le enviaría un ángel para librarlo, pero nadie acudía en su ayuda, aún confiaba en eso mientras una afilada daga llena de la sangre de su amado punzaba su cuello sin herirlo y, de su salvador, ese a quien tanto defendió y que tantas vidas sacrificó, ni luces. Mientras su eventual verdugo transmitía su furia por sus ojos, el Abad pensó en sus muertos y que los sacrificó por alguien que jamás acudiría en su rescate. "Tú no morirás hoy, pero vivirás con el dolor de no volver a ver a Pedro, tu sirviente, sentirás la muerte estando vivo", le dijo Ariel, que lo soltó y rápidamente huyó por la ventana sin ser visto. El dolor invadió al Abad, el remordimiento lo cegaba, tal fue su desesperación, su desazón y desconcierto que se subió sobre su cruz, la apoyo contra el pecho, se dejó caer sobre ella y el silencio invadió su mente y la alcoba que compartía.

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