Al pie del monte estaba reunido un grupo de hombres, todos sedientos de riqueza y fama, en busca de Doña Juana, una casi mitológica mina de oro cuya beta poseía una gran ley. La espera al ascenso llevaba varios días y la ansiedad por partir estaba enrareciendo el ambiente.
El guía de la expedición apareció en el improvisado campamento a primera hora del día señalado como la partida, montado sobre una robusta mula e indicando el inicio del viaje, que duraría varios días. Todos los miembros del campamento le siguieron sin hacer pregunta alguna y sólo movidos por la avaricia.
El ascenso no estuvo libre de problemas, varios viajeros debieron devolverse por no soportar la inclemencia de la montaña, de la altura o porque sus provisiones no eran las suficientes para soportar la estadía en la mina. Luego de dos días de viaje, un inusual arcoíris adornaba a una quebrada a un costado del camino. El más viejo del grupo se percató de ello e indica a los demás de su presencia. En varios años de expedición a la mina jamás un minero siquiera había percatado de ese arcoíris, lo que extrañó al guía. El viejo alcanza a ver que el inicio del arcoíris estaba a algunos pocos kilómetros de ahí, yendo hacia el fondo de la quebrada y se entusiasma con la idea de ir hasta allá, ya que recordaba aquella leyenda que decía que al pie de cada arcoíris existe una vasija llena de oro. El guía le advierte que puede ir excluyentemente a la mina o a ver el arcoíris, por lo que su decisión implicaría no volver a subir sino sólo retornar al valle. El hombre decidió bajar ante las risotadas y burlas de sus compañeros de viaje.
Al descender por un angosto sendero, este hombre y su mula llegaron finalmente al húmedo y frío fondo de la quebrada, desde el cual emanaba el arcoíris y el arroyo que pasaba por el costado de su casa y regaba su bello jardín, percatándose que se iniciaba dentro de una gran vasija. La curiosidad hizo el minero hurgara el interior del recipiente cuando repentinamente aparece un hada.
¿Qué vienes a hacer acá? preguntó hada. Vine a ver el arcoíris respondió le minero. Tú sabes que dentro de esta vasija – decía el hada- se encuentra uno de los tesoros más grandes del mundo, me extraña que hayas venido porque todos los hombres van a Doña Juana, allá también hay riquezas, si trabajas duro. El hombre quería recibir rápidamente el tesoro aunque dudaba de su cuantía porque la olla, a fin de cuenta no era tan grande y tanto no podría haber. La ansiedad hizo que se lanzara sobre este recipiente y para su sorpresa vio solamente 3 flores de distinto color, una era amarilla, otra roja y la última, azul.
Estas son las 3 flores perennes, mi querido forastero - decía el hada- cada una de ellas representa una de las tres virtudes más preciadas por el hombre, el amor, la paciencia y la tolerancia. Con ellas puedes generar todas las otras virtudes, tal como estos tres colores generan los demás. Y si puedes –continuaba el hada, con todos los colores que generes puedes mezclarlos y hacer el blanco, que es la pureza espiritual. El hombre no comprendió, iba por oro y se encuentra con tres flores; pensó en volver, aunque rápidamente se convenció que, a fin de cuentas, el tesoro verdadero estaba al frente. En un pestañar, el hada al ver el titubeo del minero desapareció, llevándose consigo el arcoíris, la vasija y las flores perennes. El hombre buscaba frenéticamente al hada, pero no pudo hallarla, hasta que finalmente, decidió triste volver al valle.
Abatido, todos los días alzaba su mirada al monte en busca de ese arcoíris y del hada que con él venía, sin poder verlos, mientras el arroyo día a día se secaba. Pensaba insistentemente en que al dejar ir al hada dejó ir la esencia de la felicidad, sin embargo, con el tiempo comprendió que la felicidad no estaba en el hada sino en las flores que ella llevaba y decidió, por su vida, cultivar sus propias flores perennes.
1 comentario:
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