Era una fría tarde de invierno, donde la lluvia caía sobre el suelo ensangrentado de la última batalla entre dos naciones enfrentadas por una guerra de decenios e incitada por una de las dinastías reinantes, que atacaba a punta de espadas, flechas y caballería a una nación vecina y que sin embargo, estaban unidas por milenarios vínculos de sangre e historia.
Soldados de ambos bandos yacían en el campo de batalla, pero los invasores habían sido aplastados, quedando algunas sobrevivientes de los cuales algunos pudieron huir y otros quedaron abandonados a su suerte. El general a cargo del ejército vencedor debía cumplir con una dura obligación de su ejército: Rescatar a los soldados propios heridos para llevarlos a los hospitales y rematar a los enemigos porque no había espacio ni alimentos para prisioneros. Quedaban pocos soldados disponibles, la mayoría de esos soldados estaban muertos, heridos o cansados para poder llevar a cabo esta desagradable labor. Sólo algunos jóvenes aspirantes a oficiales, alumnos de la academia de guerra, podrían realizar esta labor y fueron enviados a cumplir esta orden. El escribano del General, su fiel servidor, también debió participar en esta misión. A pesar de tener formación militar, de haber estado en muchas de las batallas acaecidas en esta guerra nunca había empuñado su espada para defenderse o atacar a alguien ni menos haber herido o matado a algún enemigo, pero hoy, tal vez, debía hacerlo.
Su trayecto fue temeroso no porque tuviera miedo de enfrentarse con un adversario que estuviera en condiciones de luchar, sino tener que entrar en una encrucijada moral, el matar a un indefenso sólo por que el general lo indicaba. Giraba cuerpos, los miraba y continuaba con su inspección, los que vio estaban todos muertos, hasta que vio un cúmulo de soldados enemigos con uniformes distintos a los que usaban las distintas divisiones del ejército enemigo. Se acercó y pudo ver que en medio de ellos estaban unos estandartes dorados y motivado por la curiosidad, movió algunos cadáveres y pudo distinguir a unos ojos temerosos que resaltaban de una cara oculta por una máscara. Procedió a sacar la máscara de ese misterioso soldado pero la sorpresa era mayúscula al ver el rostro de aquel hombre. Era el rey enemigo, el cual que fue protegido por su escolta pero que, sin embargo, no logró escapar junto con su destrozado ejercito.
El escribano rápidamente sacó de su manga un afilado cuchillo y la colocó en el cuello del rey, presto a eliminar al enemigo y la guerra. En sus manos estaba terminar con el sufrimiento de su pueblo, de sus amigos y su familia, pero les prometió a sus dioses jamás asesinar a alguien, pero esa guerra mató a muchos de sus seres amados.
El rey Henry era altanero y soberbio, su objetivo era ampliar la extensión de su imperio a costa de lo que fuera pero esta vez sus enemigos derrotaron su ejercito, pero no su soberbia.
- ¡Soldado! - exclamó el rey - Te ordeno me lleves a mi territorio.
- ¡Su alteza acá no reina, estás son las tierras libres de mi rey Ferdinan!, le respondió el escribano
- ¡Ja! Si vas a matarme hazlo ahora, un grupo de mis mejores hombres viene a mi rescate, envié mensajeros.
El escribano alzó la vista y vio que raudamente, desde el bosque aledaño, venía un grupo de arqueros-jinetes, hábiles en caballería y en asaltos a infanterías enemigas. Sus opciones eran pocas, o mataba al rey y acababa la guerra pudiendo morir en el escape o simplemente escapaba y, tal vez, viviría sabiendo que la guerra continuaría. Rápidamente pensó y con su cuchillo cortó las muñecas del rey, de manera que éste no pudiera tomar armas.
Muy cerca estaban algunos caballos de los jinetes de la escolta real masacrada y como pudo subió al rey a ese caballo y luego lo hizo el, emprendiendo una rápida huida hacia donde estaba su campamento.
Los jinetes enemigos realizaron una frenética persecución, haciendo gala de su terrible fama, mientras cabalgaban enviaban flechas que caían cerca del caballo en que escapaba el escribano y su majestuoso prisionero. La orden de los jinetes era volver con el rey, vivo o muerto.
Soldados de ambos bandos yacían en el campo de batalla, pero los invasores habían sido aplastados, quedando algunas sobrevivientes de los cuales algunos pudieron huir y otros quedaron abandonados a su suerte. El general a cargo del ejército vencedor debía cumplir con una dura obligación de su ejército: Rescatar a los soldados propios heridos para llevarlos a los hospitales y rematar a los enemigos porque no había espacio ni alimentos para prisioneros. Quedaban pocos soldados disponibles, la mayoría de esos soldados estaban muertos, heridos o cansados para poder llevar a cabo esta desagradable labor. Sólo algunos jóvenes aspirantes a oficiales, alumnos de la academia de guerra, podrían realizar esta labor y fueron enviados a cumplir esta orden. El escribano del General, su fiel servidor, también debió participar en esta misión. A pesar de tener formación militar, de haber estado en muchas de las batallas acaecidas en esta guerra nunca había empuñado su espada para defenderse o atacar a alguien ni menos haber herido o matado a algún enemigo, pero hoy, tal vez, debía hacerlo.
Su trayecto fue temeroso no porque tuviera miedo de enfrentarse con un adversario que estuviera en condiciones de luchar, sino tener que entrar en una encrucijada moral, el matar a un indefenso sólo por que el general lo indicaba. Giraba cuerpos, los miraba y continuaba con su inspección, los que vio estaban todos muertos, hasta que vio un cúmulo de soldados enemigos con uniformes distintos a los que usaban las distintas divisiones del ejército enemigo. Se acercó y pudo ver que en medio de ellos estaban unos estandartes dorados y motivado por la curiosidad, movió algunos cadáveres y pudo distinguir a unos ojos temerosos que resaltaban de una cara oculta por una máscara. Procedió a sacar la máscara de ese misterioso soldado pero la sorpresa era mayúscula al ver el rostro de aquel hombre. Era el rey enemigo, el cual que fue protegido por su escolta pero que, sin embargo, no logró escapar junto con su destrozado ejercito.
El escribano rápidamente sacó de su manga un afilado cuchillo y la colocó en el cuello del rey, presto a eliminar al enemigo y la guerra. En sus manos estaba terminar con el sufrimiento de su pueblo, de sus amigos y su familia, pero les prometió a sus dioses jamás asesinar a alguien, pero esa guerra mató a muchos de sus seres amados.
El rey Henry era altanero y soberbio, su objetivo era ampliar la extensión de su imperio a costa de lo que fuera pero esta vez sus enemigos derrotaron su ejercito, pero no su soberbia.
- ¡Soldado! - exclamó el rey - Te ordeno me lleves a mi territorio.
- ¡Su alteza acá no reina, estás son las tierras libres de mi rey Ferdinan!, le respondió el escribano
- ¡Ja! Si vas a matarme hazlo ahora, un grupo de mis mejores hombres viene a mi rescate, envié mensajeros.
El escribano alzó la vista y vio que raudamente, desde el bosque aledaño, venía un grupo de arqueros-jinetes, hábiles en caballería y en asaltos a infanterías enemigas. Sus opciones eran pocas, o mataba al rey y acababa la guerra pudiendo morir en el escape o simplemente escapaba y, tal vez, viviría sabiendo que la guerra continuaría. Rápidamente pensó y con su cuchillo cortó las muñecas del rey, de manera que éste no pudiera tomar armas.
Muy cerca estaban algunos caballos de los jinetes de la escolta real masacrada y como pudo subió al rey a ese caballo y luego lo hizo el, emprendiendo una rápida huida hacia donde estaba su campamento.
Los jinetes enemigos realizaron una frenética persecución, haciendo gala de su terrible fama, mientras cabalgaban enviaban flechas que caían cerca del caballo en que escapaba el escribano y su majestuoso prisionero. La orden de los jinetes era volver con el rey, vivo o muerto.
Repentinamente, una serie de flechas cayeron sobre el caballo y sobre el muslo del rey, cayendo todos pesadamente al suelo, por lo que la huida había concluido. Rápidamente el escribano se repone y levanta al rey, quedando detrás de él y ubicando su cuchillo en el cuello de Henry. Pidió perdón a sus dioses mientras los soldados enemigos se estaban acercando raudamente, aprieta su brazo para eliminar al rey y esperar luego de eso, su propia muerte. En ese instante aparecen flechas redentoras que venían desde su espalda y sus costados los cuales comienzan a tumbar uno a uno a sus perseguidores.
Algunos de sus compañeros de armas se percataron de la acción y procedieron, junto con algunos arqueros, campesinos y de soldados de bajo rango, a ir en ayuda del escribano. Cerca de él, los arqueros comenzaron a atacar por el frente y los flancos al pequeño grupo de asalto, formándose una improvisada y pequeña, pero no menos importante batalla que dio tiempo al escribano junto con algunos soldados a modo de escolta a continuar el traslado del rey enemigo al campamento. La paz volvía a unir a dos pueblos sometidos a la codicia de un despiadado rey, la guerra acaba de terminar y nacía la gloria del máximo héroe, Ivenson el escribano, sin haber causado la muerte a ninguno de sus semejantes.